In Memoriam Enrique Zileri

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In Memoriam Enrique Zileri

Esta es una semblanza del gran personaje que acaba de morir, escrita por uno de los más antiguos redactores de la revista “Caretas”. Su retrato es también un pequeño fresco de una época ya desaparecida o en vías de extinción.

 

Escribe Eneas Marrull

Jamás pensé que iba a escribir esta nota. Murió Enrique Zileri y con él se ha ido una parte de nosotros mismos. Ese titán, que siempre vivió en el fuego de la tensión y la expectativa, atravesó finalmente el portal que tal vez comunique con los otros estados de la eternidad.

Ahora que no está es posible que haya que reconstruir su existencia, para entender plenamente su elan vital, ese impulso desbordante de energía, que lo llevó a crear una tribuna que elevó el nivel de la prensa en el país. Su obsesión por sus convicciones, y por la libertad irrestricta para expresarla, fueron no solamente una visión y un punto de vista, sino también fundamentalmente un estado de ánimo. Todo ello forma parte de la legítima pasión que lo animó, y deja una dispersa enseñanza que necesita articularse para la formación de futuras generaciones.

Viéndolo en retrospectiva, Caretas fue siempre una Odisea, quizá con la diferencia de que Zileri no regresaba de la guerra de Troya, sino que iba a ella, bajo la advocación de su madre Doris Gibson —la Palas Atenea descrita como la legendaria diosa de la sabiduría y de la guerra, de la habilidad y de las artes— que fue musa de Sérvulo Gutiérrez, quizá el más grande pintor peruano de todos los tiempos, hija del poeta Percy Gibson y sobrina del poeta Juan Parra del Riego. Enrique Zileri Gibson perteneció pues a una verdadera dinastía.

 

Por aquella época éramos jóvenes y tratábamos de absorber lo nuevo, sobre todo las maneras de hilvanar el estilo agudo y corrosivo, lleno de ironías y provocaciones, que quería Zileri para su revista. Pero muchos no podíamos seguirlo en esos avatares, porque él siempre andaba varios pasos adelante y corriendo contra el tiempo. Mayormente se nos perdía de vista, como una lección que nos enseñan demasiado rápido. Recuerdo que, por la década del 70, decía con impaciencia que lo único que nos exigía era simplemente sentido común. Pero eso era sencillo para él, que tenía talento, experiencia y originalidad. Yo quería rebatirlo pero no encontraba las palabras. Sólo muchos años después comprendí que el sentido común es lo más difícil de adquirir. Nunca pude decírselo. Pero así y todo fuimos piezas valiosas para él. Y ese fue uno de sus más grandes méritos: orquestar con lo poco que tenía la mejor revista que ha tenido el Perú en toda su historia.

Caretas irrumpió en la prensa peruana con un estilo muy limeño. ¿Y qué es lo limeño? Bueno, es algo muy cambiante al parecer. Por esos tiempos era una mezcla de chisme y de señorío. El limeño venía de ser simpático y dicharachero, nostálgico y optimista, poco profundo es cierto pero culto y ávido de novedades. Novelero diría una abuela de esos tiempos. Y también había desarrollado la picardía criolla en el habla, confusamente heredada seguramente de la picaresca española. Creo que Zileri mezcló todos esos ingredientes con la seriedad y el estilo parco y de buena factura de la prensa norteamericana.

Recuerdo que leía Time con avidez y luego mandaba encuadernarla. El estilo solemne y medio burocrático que reinaba en la prensa peruana fue abolido en Caretas y cambiado por otro más directo, agudo, irreverente y hasta malcriado. A mí particularmente me gustó ese titular que se burlaba del ambicioso Plan Inca de los militares diciendo “El Plan Hinca”. Sin embargo, el más famoso creo que sigue siendo el titular “Pálidos pero serenos”, luego de una violenta incursión de la policía. El rescate y la revaloración de la fotografía periodística es también otro de sus méritos.

Muy severo y exigente consigo mismo y con su trabajo, Zileri tenía sin embargo un envidiable sentido del humor, que solía destilar aun en las horas más angustiosas que le tocó vivir, sobre todo en las persecuciones que sufrió por enfrentarse al poder. Yo había trabajado ya en un par de grandes diarios, y tenía una relativa experiencia periodística, pero nunca me habían preparado para andar en sustos y carreras con la policía. Por eso es que solía quedarme perplejo ante este David que se enfrentaba solo a dictaduras armadas que lo perseguían con denuedo para meterlo en la cárcel o deportarlo. Eran horas en las que todos estábamos en vilo, rodeados siempre por la policía, intervenidos, acechados y en nuestro caso también muy asustados.

Según recuerdo, Caretas fue cerrada media docena de veces en poco tiempo. Cierta vez que la temible policía de la Seguridad del Estado incursionó en nuestro local, al mando de un hombre gordo y con sombrero, cuya mirada revelaba intenciones tenebrosas, sentí mucha angustia, sobre todo cuando penetró a la oficina de Zileri, quien estaba en la clandestinidad desde algunos días atrás. Yo me armé de valor y lo seguí, como para decirle con mi presencia que era un testigo de cualquier maldad que pretendiera cometer allí, como sembrar falsas pruebas o cosas por el estilo. Esperaba ingenuamente que él dijera algo así como: “Disculpen, pero solo estoy cumpliendo mi trabajo.” Pero el jefe de la Securitate recorrió con una negra sonrisa de satisfacción todo lo que había allí.

Había encontrado la guarida del lobo. Luego comenzó a examinar los papeles de Zileri, y al parecer halló lo que consideraba el cuerpo del delito, pues una sonrisa de triunfo iluminó sus gordas mejillas. Yo me debatía entre la rabia y la impotencia. No podía concebir que existiese semejante falta de decoro en una autoridad como para violar la correspondencia privada con total impunidad. Pero él gozaba con eso, y me infundía el pánico de los que fueron víctimas del jefe de la Gestapo, o de la KGB. Luego se dirigió a mí y me dijo con la mayor frescura del mundo que le dijera dónde estaba escondido Zileri o me llevaba preso. Sentí terror. Había escuchado que a los presos políticos los dejaban pudrirse por años en la cárcel. Mi ángel de la guarda acudió entonces en mi ayuda: mis atropellados argumentos terminaron por convencer al esbirro que un chico tonto como yo no podía saber dónde se ocultaba el gran jefe.

¿Qué pruebas de qué delitos encontró ese hombre? Nunca lo supe, pero parecer ser que las dictaduras militares nunca fueron muy exhaustivas a la hora de argumentar sus acusaciones, y menos cuando se trataba de la semántica. Por esos tiempos el ministro del Interior convocó a una apresurada conferencia de prensa para acusar a Zileri de traidor a la Patria. La prueba que agitaba el ministro ante los periodistas era una carta suya dirigida a Manuel Ulloa, Director del diario Expreso, también perseguido como Zileri y exiliado en la Argentina. No recuerdo exactamente el texto de Zileri, pero lo puedo reconstruir, apelando a mi memoria: “Voy a publicar tus argumentos. Y para ilustrar el artículo necesito que te tomes una foto, pero no en el Mau Mau, por favor. Por otro lado, me parece fantástica la posibilidad de una guerra con Chile.”

Es increíble, pero nadie en el gobierno se tomó el trabajo de coger el diccionario para averiguar el significado de “fantástico”: 1. adj. Quimérico, fingido, que no tiene realidad y consiste solo en la imaginación. 2. adj. Perteneciente o relativo a la fantasía. 3. adj. Presuntuoso y entonado. Sólo en su última acepción, que es coloquial, significa “magnífico, excelente.”

A su regreso Zileri se moría de la risa imaginando a los militares ordenando la inmediata ubicación de ese centro de conspiraciones llamado Mau Mau y considerando muy seriamente la posibilidad de dirigirse a la Real Academia de la Lengua para pedirle que modificasen el significado de fantástico, que siempre había sido macanudo, bestial, sensacional, etc. Después de todo, qué academia, de qué lengua, podía estar por encima del “gobierno revolucionario de la fuerza armada”.

Pero el bunker de Zileri no estaba en la discoteca argentina Mau Mau, donde quizá Manuel Ulloa estaría derrochando el “savor faire” que lo caracterizaba, sino en Camaná 615, en pleno centro de Lima. Allí Zileri había establecido su cuartel general. A mí me parece que se había tomado en serio aquello de que la prensa es el cuarto poder del Estado. Y vaya que ejercía ese poder, con la convicción de un iluminado. Y eso estuvo bien, luchó denodadamente por nuestra siempre enclenque democracia, fortaleció la identidad de una clase media desorientada y enriqueció el periodismo dándole contenido y proyección. Desde su puesto de combate le tocó ser defensor, no ya del Estado de Derecho sino de la propia civilización. En determinado momento de la historia Caretas fue el último reducto de la dignidad.

Recuerdo que cierta vez, cuando la revista fue largamente clausurada, saqué de la cochera una camioneta que tenía el letrero de Caretas en las puertas y fui a realizar no recuerdo qué gestiones en Miraflores. Aquello fue increíble. Los automovilistas me tocaban el claxon y de todos los autos me hacían la “V” de la victoria, hombres, mujeres y niños.

Me puse rojo de vergüenza porque pensé que era Enrique quien debería estar en la camioneta recibiendo esa adhesión multitudinaria. Con los años me di cuenta que Zileri se habría puesto rojo también. A él lo seducía el poder, pero un poco al desgaire. Nunca supe bien cómo era el hombre en su última esencia. Tenía tantas facetas, algunas de sorprendente ternura. El, que solía ser un huracán descontrolado, era incapaz de desprenderse de cualquier anciano que viniera a buscarlo en su condición de director con una queja o un reclamo. Lo hacía pasar a su oficina y lo escuchaba con atención y paciencia infinitas.

Por momentos me parecía un rey de la Edad Media. Acaso el rey Lear de Shakespeare. Recuerdo como si fuera ayer cuando Zileri despidió con cajas destempladas a un periodista de apellido ilustre. Aquello parecía la escena culminante de una tragedia sobre el proscenio. Era la mejor expulsión a grito limpio que se ha hecho de mortal alguno, porque seguramente las faltas eran imperdonables. De pronto el desaforado se puso de pie, y asumiendo un gesto teatral, en vez de salir haciendo mutis por el foro, avanzó con los brazos abiertos hacia Zileri. Al llegar le hizo una reverencia profunda y le dijo: “No se moleste usted, mi rey,” Enrique se puso rojo como un tomate y comenzó a reírse manso como una paloma. El incidente quedó superado.

Hay muchas anécdotas que van pintando cada aspecto de la personalidad que tenía Zileri. Sería una delicia coleccionarlas en una antología. Pero, por sobre todo, este hombre tan inteligente, fue definitivamente el periodista más talentoso del país y quizá también el más valiente. Ahora comienza a ser una leyenda.

Foto : Eneas Marrull, Fernando Ampuero y Enrique Zileri