Mi primer regalo

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Cuarenta años después, el autor hubiera podido decir en Salamanca: “como soñábamos ayer…”

Escribe: Eneas Marrull

La primera aproximación a la Navidad trata de perderse en la noche de los tiempos. Pero la rama de un arbolito persiste entre la bruma. A veces es la magia difusa de algún rey mago que, extraviado en un rincón de la memoria, trata inútilmente de salir del laberinto del alma colectiva, donde da vueltas por los siglos de los siglos.

Otras veces es el destello fugaz de la estrella de Belén, guiando tribus errantes que se hicieron polvo en el viento inasible de las eras. Sea como fuere, allí está la Navidad, como un cumpleaños de la humanidad, inventado hace dos mil años, porque la verdadera fecha nadie siquiera intenta recordarla.

Madre lavaba ropa canturreando el tango Noche de Reyes: “Los zapatitos el nene /afuera los dejó /no sabe que a su madre /por falsa y por canalla /su padre la mató…”

Adentro nunca faltaba un tío que remojaba cartones apresuradamente, hasta formar una masa de la cual emergían montañas, cuevas, grandes y profundos valles, enormes explanadas y caminos que conducían hasta el pesebre magno, donde habría de refulgir el Dios de los mortales, nunca lo suficientemente honrado pues siempre se extraviaba una oveja negra, o se rompía la pata un buey… o se comía Paquita, egurinianamente, un rey de chocolate.

La hermenéutica de la natividad correspondía, como debe ser, al Consejo de los Ancianos. Eran los abuelos quienes se enfrascaban en sesudas y muy jugosas discusiones sobre la virginidad de la virgen, el identikit del ángel de la anunciación, o si fue caballo o camello la cabalgadura de los reyes magos.

Eran ellos también los que contaban las horas que faltaban para que naciera el niño Jesús, y los culpables directos de la tortura que significaba para mí escuchar la dichosa Misa de Gallos, a la medianoche, cayéndome de sueño. Y en ese interregno agobiante, entre la heroica vigilia y el nefasto sueño, soñaba en latín, y era perseguido por una turba de arcángeles, con San Pedro y San Pablo a la cabeza. Por esos tiempos llegué a creer que tenía poderes sobrenaturales porque, desafiando la ley de gravedad, lograba dormir de pie en plena misa. Y eso hubiera podido discutírselo al mismo Papa si hubiese sido menester.

Esas misas, aquéllas en que monjes tonsurados se entregaban a frenéticos ritos, ésas no volverán. Regresando de la iglesia de Santo Domingo, y felices por haber sobrevivido, abrimos nuestro primer regalo: un reluciente camioncito de madera, modelo “T”, con barandas de colores, techo de lata claveteada con primor y ruedas de palo, talladas con esmero por algún artesano.

Tanta perfección hacía suponer que el orfebre sabía que su obra iría a despertar los sueños de un niño ávido de ilusiones.

Poco tiempo después el camioncito partiría cargado de sueños por los techos, en busca de otros mundos, atravesaría muchas otras navidades y estaciones, ora bajo un sol esplendente, ora bajo la lluvia y las tempestades de una vida que no cesa. A veces regresa en sueños desde la estación de la infancia, pero no termina nunca de llegar. Un día llegará seguramente, para emprender el largo viaje a las estrellas.

Fuente: revista Caretas